El retrato de Serafina, de Sofía Raquel Fernández Casabianca

Nací en Ajos en la primavera de 1877. Desde niña fui muy curiosa, y quería estar  siempre a la par de mis dos hermanos mayores, Nicasio y Alejandro. En ocasiones, yo  jugaba con ellos a la pelota, pero, el inocente hecho de que una niña chutara un balón era  motivo de burla para los varones. 

Nuestro padre, Gaspar Dávalos, tenía un negocio, al cual concurrían muchos clientes.  Entre ellos, estaba el señor Belirán, con quien hacía negocios, ambos eran prósperos  comerciantes. 

El señor Belirán, era padre de una de mis compañeras de colegio, con la que siempre  había congeniado, se llamaba Honoria. Éramos muy unidas, pero nuestra amistad era  muy rara para las otras compañeras. Desde entonces, un halo de misterio nos envolvió. 

Realmente, tengo que admitir que fui privilegiada. En sintonía con los patriarcas Dávalos, que daban libertad a sus hijos para elegir sus destinos, permitiendo que los suyos  eligieran la vida que llevarían; mi padre no me impidió venir sola a Asunción, a seguir  mis estudios. Confió en mí. Yo sentía que debía seguir el ejemplo de mis antepasados, entre quienes se encontraba el primer médico de la región. El patrón familiar me guiaba a hacer el bien al prójimo y, por ende, a la sociedad. Destacar entre los demás, era una  consecuencia natural. 

A principios de 1900, en Asunción, el círculo intelectual en el que yo me movía estaba integrado solo por hombres. Me era fácil debatir entre reconocidos señores,  algunos estaban encantados conmigo. Acostumbrados a ver a sus esposas, madres o  hermanas, cocinando, cuidando niños, tejiendo o haciendo crochet; les llamaba la  atención la firmeza de mis convicciones. 

Entre ellos, uno de los más interesantes, era Rafael Barrett, un intelectual anarquista de origen español. Él, tal vez sin habérselo propuesto, se convirtió en uno de los fundadores de la literatura paraguaya de denuncia, sobre todo, de las condiciones infrahumanas en las cuales era explotado el mensú. Yo no me perdía sus valientes artículos, merecían mi admiración. 

Decía de mí que yo era «La reina de la colmena», y así me sentía yo. Solo con ellos (con los hombres), podía hablar sobre temas de interés común. Sobraban los dedos de una  mano para contar a las mujeres que leían y escribían literatura, ensayos o investigación. 

Nuestro país aún estaba devastado por los estragos que había hecho la Guerra  Grande, y se le sumaba el hecho de hallarse inmerso en una profunda inestabilidad económica. Las diferencias políticas eran caldo de cultivo para reiterados enfrentamientos  armados. Las mujeres teníamos muy pocas oportunidades, había una terrible desigualdad  en todos los campos. 

Yo era una librepensadora muy inquieta, y me gustaba mucho compartir mis ideas.  Me llamaban de distintos lugares para formar parte de diversas agrupaciones, nunca me  negué. ¡Hasta encabecé una movilización! Lo hice para solidarizarme con las mujeres  compatriotas, que como yo, deseaban la paz. Estábamos cansadas de tanta guerra. 

Fui enérgica, sí, no me faltó fortaleza para recibirme de abogada. Para que me  otorgaran el título y poder ejercer la profesión, en parte de mi tesis, hablé sobre la  desprotección de la mujer, que, a mi parecer, era una falta de humanismo. Dijeron que me  atreví a cuestionar y desafiar la antigua y aceptada creencia de que la misión más 

importante de la mujer era la de ser madre. No fue esa mi intención, sino hacer ver mi  parecer: valorizar nuestra dignidad, ya que sostener que la maternidad era lo único y más  importante para nosotras, significaba que nos desvalorizaban, al punto de que se podría  considerar que éramos biológicamente inferiores. 

Finalmente, obtuve la aprobación para ejercer la profesión; me dijeron que, aunque  polémica, mi tesis fue brillante. No desaproveché la oportunidad para resaltar que era  inadmisible que se nos siguiera negando el derecho a votar, pues sin el voto femenino, la  democracia seguía estando incompleta. 

Ejercí la docencia y hasta llegué a ser parte integrante del Tribunal Superior de  Justicia. Fue un honor que lo tomé como un servicio a mi país, y como el triunfo de una  mujer que representaba a las que no tenían voz. 

Pero, no quiero hacer aquí una lista larga y aburrida de mis conquistas. Para mí, ser  activa en la sociedad, era como un mandato implícito que recibí de mi familia. 

Bastante se habló sobre mí. Muchos hacían caso omiso de mis logros, se  escandalizaban del aspecto privado de mi existencia. Por algo se llama privado. Pero, en  ese entonces, la sociedad se creía dueña absoluta de la intimidad de todos los habitantes  de nuestro pequeño país. 

Cuando Honoria vino a vivir conmigo a Asunción, para guardar las apariencias, se tuvo que convertir en mi secretaria. La palabra secretaria deriva de la palabra «secreto».  Nadie tenía derecho a saber lo que yo hiciera en ese sagrado recinto conformado por mi  despacho y mi hogar. 

Intentaron amedrentarme, ningún desaire me desanimó; al contrario, cada murmullo despectivo, cada risa burlona, todo me daba más fuerzas; los escarnios se convertían en  un desafío y en un incentivo a la vez. 

Cómo podía importarme que les pareciera ridículo mi sombrero ladeado, que dijeran que se estaba por caer. Me tenían sin cuidado esas nimiedades; yo solo estaba empeñada  en servir a mi país, con las armas que tenía: mis estudios y mis ganas de apoyar a  Paraguay. Mi meta más anhelada era poner el hombro a la reconstrucción. 

Decían que yo era la reencarnación del mal, un mal ejemplo para las recatadas señoritas de sociedad. Las madres, hasta les tapaban los ojos a sus hijas cuando yo me  acercaba. 

Repito, todo me hizo más fuerte. Inmune a la opinión de los demás, me tracé un  rumbo, un norte. Mi brújula eran mis ansias por saber más, y poder ayudar al semejante. 

El escándalo de mi relación con Honoria acrecentaba nuestro amor. Sí, fue una gran  historia de amor, de las que merecen ser escritas. 

No les bastaba con todos los aportes que hice a la educación, en salvaguarda de los  derechos de las mujeres de mi país. Decían que yo era una prestigiosa abogada y una  enérgica intelectual, y sí, lo era. 

Ambas estábamos totalmente desprotegidas, expuestas al ingrato juicio que nos tenía  reservado la sociedad. Pero a pesar del caos reinante y de la hostilidad de los asuncenos,  pudimos vivir juntas, sorteando la incomprensión y, en no pocas ocasiones, las burlas de  los habitantes de la ciudad. 

Nuestro Código Civil era una copia del argentino, redactado para un mundo donde el hombre jugaba el papel de amo y señor de las mujeres de la familia. ¡Imperaba el  machismo! Ni las mujeres de buen pasar económico, tenían la seguridad de un porvenir  tranquilo; podía ocurrir que el esposo dilapidara en malos negocios la fortuna que un padre había dado como «dote» a su hija; ella no tenía más derechos que los que su padre  o su esposo le quisieran dar. Nuestra condición, nos hacía depender de por vida de  nuestros hombres. 

Ser soltera era una especie de maldición, sobre todo, teniendo en cuenta que  veníamos de un genocidio, que casi nos dejó sin representantes del género masculino.  Este escenario era más que propicio para que los hombres tuvieran más de una familia  que mantener, a veces, en detrimento de la familia oficial o legítima. 

La mujer no podía hacer nada más que callar. Sabía que, al alzar la voz, la esperaba  el escarnio de propios y extraños. 

La discriminación y presión social que sufrí, no hicieron mella en mi espíritu. El  desprecio de los que me evitaban me rodeaba de una coraza invisible y por eso más fuerte  aún. Mi determinación y entrega a mis propias ideas me ayudaron a no claudicar. Ante  cada desaire, yo respondía con la búsqueda de mayor capacitación: esa que me permitió  después defender a mujeres embaucadas por negociantes deshonestos. Claro que podía entenderles. Yo, simplemente, no encajaba en el molde. Siempre se ha temido a lo diferente y, a qué negarlo, yo era muy diferente a las jovencitas de aquella Asunción de  mi generación. 

Cuando me inicié en el ejercicio de la profesión de abogada, llamé a mi hermano  mayor para que me ayudara en el estudio jurídico. Como dije antes, fui, en ese aspecto, muy afortunada; y así como mi familia me apoyó en los estudios, yo también, en su  momento, alenté a mi sobrina Georgina Dávalos a concluir sus estudios. En una  oportunidad, estuvo tentada a desistir; entonces, le sugerí que no hiciera caso a la gente,  pues a mí también me habían criticado mucho por querer estudiar. 

Valió la pena. Con el tiempo, fue un motivo de orgullo, ya que se convirtió en la tercera  mujer médica del Paraguay. Logró formar, en el interior, a enfermeras que, llegada la  Guerra del Chaco, fueron de inigualable ayuda para nuestros soldados. 

En ocasiones, Honoria y yo paseábamos caminando y, otras veces, en auto. Se  apartaban de nosotras, cual si fuéramos bichos raros. No era nuestra intención fastidiar a  la gente de la época, para quienes esos paseos eran un descaro. Era inconcebible para la  sociedad, vivir libremente como lo hacíamos nosotras. Hasta piedras nos tiraron,  vociferando improperios cuando, en una ocasión, tuvimos que detener el auto, frente a  una procesión religiosa. 

Honoria y yo estuvimos juntas hasta la muerte; nuestro compromiso no fue ante un  juez, testigos ni ante el altar de la iglesia. Nuestra unión no encuadraba en ninguno de los  parámetros ni normas imperantes. Para la mayoría, lo nuestra era, a todas luces, un error.  No recuerdo quien haya empatizado con nosotras. Luego, en consecuencia, ese contexto  nos hizo más unidas. Fue inolvidable lo que nosotras llamamos nuestra luna de miel, en el Hotel del Lago en San Bernardino. Ese sí era un ambiente amigable, compuesto por  algunos extranjeros, que estaban más centrados en vivir sus vidas y aventuras, sin interés  en perder el tiempo, fijándose en la vida ajena. 

Los atardeceres del lago fueron testigos de nuestras largas y tranquilas caminatas a  su orilla, lejos al fin de miradas acusadoras. 

Solas celebramos nuestros aniversarios. Llegamos hasta las bodas de jaspe (1915 a  1957); el jaspe es una piedra que simboliza energía, fuerza y vitalidad. Honoria me dio  todo eso, y también me apoyó para llevar a término mis ideas y proyectos. 

Por supuesto que yo no podía esperar que todos los miembros de mi familia nos  comprendieran. Les era imposible asimilar nuestro amor, más fácil era fingir que no se daban cuenta. Insistían en describir a Honoria como mi amiga inseparable, secretaria fiel,  dama de compañía, entre otros nombres que sonaban celestiales y eran digeribles.  Intentaban disfrazar o disimular lo obvio, para que no incomodara tanto. 

Me visitaban, a veces, sobrinos y otros parientes. Pero por la presencia de Honoria,  que tal vez celaba, ellos se sentían incómodos. Con el tiempo, dejaron de venir. 

Me fui consumiendo lentamente. La diabetes fue haciendo estragos en mí. Preferí ocultarme de todos; en las postrimerías de mi vida, solo con Honoria me sentía protegida  y a salvo. Vivimos como un exilio interior. ¿Para qué molestar a los demás? 

A pesar de que Honoria, como única hija, heredó muchos bienes de su padre, inclusive una estancia en el Chaco, ya hacía mucho tiempo que yo había tomado la  precaución de poner mis bienes a nombre de ella. 

Eso sí, nunca, mientras tuve fuerzas, dejé de trabajar. Nicasio me ayudó hasta que tuvo su derrame. Cada año que yo renovaba mi carnet de abogada, al mismo tiempo, le  renovaba el suyo, de procurador. Nuestro estudio jurídico, estaba en pleno centro, cerca  del Tribunal. No muy lejos de allí, quedaba la casona donde vivíamos. Sé que luego se  tejieron algunas hipótesis, entre ellas, que yo misma había pedido a Honoria no ser  visitada por nadie, o que ella prohibió a mis parientes que me visitaran. 

Nunca imaginé, que llegaría el día en que hasta podrían llamarnos «Pioneras». Que  habría retratos míos reproducidos por doquier, ni que podrían escribir, lo único que no me  animé: mi historia de amor con Honoria. 

Nosotras no necesitábamos hombres. Éramos autosuficientes. Teníamos también,  nuestras pequeñas veleidades, llegamos a traer de París, por encargo, joyas, sombreros y otras prendas, que no se encontraban por aquí. La suma de todo, además de la consabida incomprensión hacia nuestra relación, pudo haber generado envidia. 

El brillo de mis logros, ya me encandilaba. Apartarme de todo, no fue dejarme morir.  Era el momento de la partida, en la intimidad, con dignidad, lejos de la curiosidad  morbosa. Yo sabía que la culparían de mi estado, pero ¿qué podía hacer ella, más que acompañarme? Muchos la acusaron de mi abandono, del estado en el cual me encontraba  en el momento de mi muerte. Pero nadie más que ella estuvo a mi lado. 

El ocaso se acercaba. Creí encontrar en quien confiar, pero como pago, recibí  traición. Solo buscaba una figura que protegiera nuestros bienes. Pero ya los años  pesaban, y se notaba, por eso se aprovechó. 

Tuvimos que mudarnos a la casa Número 815 de la Avda. Rodríguez de Francia. Un  lugar muy diferente a la casona que habitamos tantos años. Después de la deslealtad que sufrimos, hubo que achicarse. No nos quedó otra opción. Fue terrible ser víctimas de  tamaña felonía. A esa altura de los hechos, estar sobre un catre, en una humilde habitación,  constituía un detalle mínimo. 

Era el tiempo de los lapachos rosados en Asunción. Me despedía el mes de las flores,  el mismo que me vio nacer y defender mi Tesis. 

Sentía que las fuerzas me abandonaban y la debilidad me invadía. De repente, pesó  la soledad. Aquellos muros invisibles, que, en un principio, fueron construidos como  blindaje para protegerme de los demás, me convirtieron en una prisionera. 

De nada sirvió que Honoria pidiera socorro al personal médico del Sanatorio Leriche.  Consiguió que me viera el médico de guardia, Acuña Torres, pero ya no había nada que  hacer. Y así fue, como me apagué, un 27 de septiembre de 1957. 

A pesar del rechazo hacia mi vida privada, nunca pude imaginar que pensaran en 

negarme funerales cristianos. Yo era, igual que todos, hija de Dios. Si bien nunca llevé  una vida religiosa, mi conducta de vida siempre buscó el bien común. Ese mismo que  quiere Dios. 

Una vez con el certificado de mi defunción en manos, Ho- noria buscó a un sacerdote  vecino. Ese señor sí era un hombre de Dios. Cuando algunos de los que se enteraron de  mi deceso, murmuraban victoriosos que no inhumarían mis restos en el camposanto; a  escondidas, él y Honoria llevaron mi ataúd, a un lugar bien apartado, en el fondo del  cementerio de la Recoleta. Estaba oscuro, aún no había amanecido. Solo estaban para  enterrarme: Honoria, el sepulturero y el padre. Les agradezco ese gesto. 

Con el tiempo, construirían una tumba simbólica en un lugar destacado de la Recoleta. Pero eso ya no importa. Tuve una vida intensa, alcancé todas mis metas.  Descanso en paz.



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