Bajo la higuera, de Carla Molinas
El mejor momento del día es cuando Perla, Lorenzo y yo nos tumbamos en algún lugar de la casa donde se cuele un rayo de sol. Sus energías siempre disminuyen a la siesta y yo los acompaño a descansar. El problema es que cada vez les cuesta más empezar de nuevo con sus actividades diarias, ya sea terminar el crucigrama del día o los mantelitos tejidos para los apoyabrazos de los sillones o cuidar los brotes de la azalea recién trasplantada. Lo que sea que fuese, ya no tienen fuerzas para continuar. Suman entre los dos muchísimos años y si les agregamos los míos ya no podré ni contar... A menudo me adormezco, sobre todo cuando tararean canciones cuya letra ya olvidaron.
Escuchamos de lejos el sonido apagado del timbre; ninguno de los tres se mueve. Yo supongo que será el enviado de alguna de las inmobiliarias que contrataron las sobrinas de Lorenzo y de Perla, y espero que les abra Angélica, la señora que nos cuida. Hubiese ido yo, pero esta gente, que quiere vender nuestra casa, me tiene harto. Esta vez es una mujer y de nuevo escuchamos lo mismo que las veces anteriores. Claro que nunca está de más confirmar las buenas noticias.
—¡Esta casa no se venderá jamás en las condiciones en las que se encuentra y menos aún por el precio que piden! Hay muchísimo trabajo aquí: humedad por todos lados, el cielorraso de la sala está a punto de desprenderse, los pisos de parqué están arruinados, en casi todas las ventanas faltan uno o dos cristales. Las cañerías hacen un ruido ensordecedor. Y esa higuera del frente creció de una forma desmedida. Cubre lo más lindo de la casa que es la fachada. Aunque la verdad es que, así de descuidada como está, es mejor esconderla todo lo posible. Es tenebrosa. No pudieron dejarla en este estado de abandono, sobre todo porque hay gente todavía viviendo aquí —se queja la mujer que envió la inmobiliaria.
Esta señora me pone de buen humor. Después de todo, parece que la cosa va bien, mejor de lo esperado. Dice que la casa no se venderá. Me alegra mucho escuchar eso y me tranquiliza. Porque las sobrinas intentan, desde hace semanas, convencer a sus tíos de que es el mejor momento para venderla. Que es muy buena idea deshacerse de ella, que se evitarán gastos, que dispondrán de efectivo y que se podrán dar una vida de lujos.
—¿Cómo pagarán los impuestos este año? —les preguntaron sus sobrinas hace unos días.
—Si sobrevivimos a este año, veremos cómo hacerlo. Después de cumplir los noventa ese es un tema menor —respondió Lorenzo con la calma que lo caracteriza.
La casa no se venderá. Ya lo conversamos entre los tres y convinimos en que eso no sucederá. Es verdad que a veces ellos se olvidan de lo que conversamos, pero yo no me olvido. Les prometí que mientras vivan, nadie les sacará de aquí. Por esto mismo me irritan cada día más las sobrinas. Son tres, y en los últimos meses, al darse cuenta de que Lorenzo y Perla están muy requeteviejitos, empezaron a visitarnos con sospechosa frecuencia. A mí no me engañan; de hecho, nunca antes lo hicieron, son interesadas y siempre lo fueron. Les importa muy poco sus tíos. Lo único que quieren es llevar todo lo que puedan, vender la casa y luego internarlos en un asilo. Lo escuché con mis propias orejas. Esos son sus planes, así, sin compasión.
Vuelve a sonar el timbre, esta vez seguro que son las sobrinas. Es su hora acostumbrada de visita. Tendré que dejar para más tarde este trámite que estoy haciendo bajo la higuera y acercarme. Debo estar atento a sus movimientos. No es mi intención inmiscuirme en sus conversaciones, pero cuando planean algo que podría modificar nuestra agradable manera de vivir, es mi deber intervenir. Lo hago con cautela, nunca estuvo en mi ánimo atropellar ni nada de eso. Siempre fui respetuoso. Y la verdad que, cuando hay extraños en casa, es mejor para mí intervenir lo menos posible o nada si tuviere la prudencia.
Se instalan en los sillones de la sala de la tele, van a tomar el té, supongo. Yo me ubico en medio de Lorenzo y Perla, por las dudas. No es que tenga miedo o algo así, es solo por si acaso. Siempre es reconfortante sentirse protegido. De sopetón empiezan a lo que vinieron. Ya no pierden el tiempo preguntándole al tío por su dolor en la pierna derecha o por cómo anda la tía de las cataratas. Con indisimulada rapidez empiezan a ponerle precio a los muebles, cuadros, alfombras, arañas.
—La alfombra persa con hilos de seda de la salita amarilla la venderemos por quince millones de guaraníes —dictamina Belén, la mayor de las tres.
—Es un precio muy alto —dice Norma, la sobrina más joven.
—Eso es lo que vale. La del comedor y la de la sala grande que están muy desteñidas las venderemos por diez o doce millones de guaraníes —calcula Belén.
—¿Se imaginan los viajes que nos daremos? Por lo que valen tres alfombras persas, recorreremos Europa —suspira Carina, mientras anota los precios en una hoja cuadriculada.
Con el ánimo revuelto me acerco más de lo acostumbrado y me instalo en el medio de ellas. Huelen a flores rancias. Me imaginé al verlas por primera vez. ¡Qué mal me caen las tres! Pensando en cómo deshacerme de ellas lo más rápido posible, escucho a Lorenzo decir con voz apagada y temblorosa:
—Europa, siempre soñé con volver algún día. De verdad creés, Belén, que si vendemos la alfombra de la salita amarilla y también las otras dos, ¿podremos viajar a Europa?
—Claro que sí, tío Lorenzo, y nos iremos por seis meses, viajaremos por toda Europa y un mes entero nos quedaremos en Italia, en la Liguria, y recorreremos tu amada Génova. Vamos a visitar a todos los parientes y nos daremos la vida de lujo que nos merecemos. No me mires con esa expresión incrédula, tía Perla, vamos a hacerlo, te lo aseguro, ya verán. Solo que antes deberemos vender todo lo que hay aquí y luego la casa, por supuesto.
«Y luego la casa, por supuesto», le remedé.
—Y podríamos ir a París, a Barcelona, y a visitar el Vaticano, y pedir audiencia con el papa. Podríamos conocer todas las catedrales famosas y encender una vela en cada una —dice Norma.
—Concentrate, Norma. Debemos seguir con el inventario de precios y terminar antes de que la casa se nos venga encima. Anotá, colaborá en algo útil, por favor.
Sentado a sus pies, me encontraba atento y dispuesto a hacer cualquier cosa en cualquier momento. Que no estiren de la cuerda con tanta osadía porque muy pronto la van a soltar y ahí las quiero ver a las tres. Codiciosas, manipuladoras y mentirosas.
—¿Quieren más té, chicas? —ofrece Perla.
—¡Qué bello es este juego de té, tía Perla! ¿Es de plata? ¿Tiene sello? ¿Lo trajeron de Italia? —pregunta Belén.
—Por supuesto, querida, todo lo que ves aquí lo trajimos en barco, directamente desde nuestra casa en Génova. Me gustaría tanto volver algún día, Lorenzo…
—Sí, Perla, yo sé que te gustaría, y a mí también. Ahora que las chicas decidieron ayudarnos, creo que va a ser posible que lo hagamos. ¿Seguirán con vida los dos hermanos que dejamos allá? Eran los menores. A Latinoamérica emigramos los cuatro mayores. Uno quedó en Buenos Aires y tres llegamos hasta Asunción: el finado papá de ustedes y nosotros dos. Me gustaría mucho saber qué fue de la vida de mis hermanos.
—Pondremos todo a la venta, tíos, todo, todo, para cumplirles el sueño. Ya con lo obtenido por los cuadros, podremos empezar a planear nuestro viaje. Luego, con la venta de la casa, compraremos los pasajes —dice Belén, entusiasmada.
—Sí, chicas, venderemos todo, absolutamente todo. Y volveremos a nuestra tierra para morir en ella.
—¡No hablemos de morir, tío! Ahora recién empieza la buena vida —grita Belén.
—Tienen más de noventa —le susurra Norma a su hermana.
—¡Callate! —ordena Belén e inserta un codo en la costilla de Norma.
En ese momento, entra en el salón, Angélica. Yo estaba distraído prestando atención a la absurda conversación, pero al escuchar su voz, la miro. Se la ve muy preocupada, amarillenta y arrugada. Les dirige una mirada de hielo a las sobrinas y les recuerda a Lorenzo y a Perla que es hora de tomar el remedio para la presión.
—No sea cosa que debido al innecesario entusiasmo por sueños que nunca se realizarán, se nos vayan antes de tiempo —dice Angélica con evidente animosidad hacia las sobrinas.
—Otro día seguimos, chicas, es agotador esto de hacer planes —dice Lorenzo.
—Claro, tío, volveremos mañana, ya con la lista de muebles y con sus precios en una planilla. Nosotras nos encargaremos de todo. No se preocupen por nada. ¡Hasta mañana!
Yo las acompaño hasta el portón de entrada para asegurarme de que se vayan de una vez. Ya está atardeciendo y a cada uno nos acompaña una sombra. Bueno, creo que a mí ya no. ¡Lástima! Pero no importa, puedo jugar con las sombras de ellas. Debo caminar bien pegado, a su ritmo, luego tomo impulso y me adelanto, cruzo por enfrente y de un salto en redondo, vuelvo a mi sitio. Así, una y otra vez hasta cansarme. Ellas van felices; hasta parecen buenas personas. De pronto, se detienen y yo también lo hago. Me doy cuenta de que están mirando con demasiado interés a mi higuera. ¿Con qué propósito?
—Miren, chicas, este árbol horroroso creció de más y no deja ver la imponente fachada de la casa. Así no la venderemos nunca. Vamos a tirarlo para que se aprecie el solar en su totalidad.
Me enfurezco y por algún motivo que todavía no sé explicar, cuando esto sucede tiendo a hacerme visible de manera intermitente, es decir aparezco y desaparezco.
—¡Un perro! ¡Juro que vi un perro aparecer de la nada y esfumarse de nuevo! —grita Carina, histérica.
—¡Sí! ¡Yo también lo vi! Dicen que cuando hay plata yvyguy ronda un perro blanco sin cabeza —añade Belén.
—Este tenía cabeza y no era blanco, sino negro —afirma Norma.
—Eso no importa. Lo que importa es que aquí hay algo raro. Las tres vimos a ese perro. Mañana a primera hora haremos derribar la higuera y después cavaremos hasta encontrar lo que sea que haya aquí abajo. No estamos en condiciones de desperdiciar ninguna oportunidad que se nos presente.
Estoy aún más enfurecido. Soy yo quien está bajo la higuera. Lorenzo y Perla me pusieron aquí para que los cuidara de cerca siempre y no los voy a defraudar. Debo enfrentarme a ellas. No es que las odie, tampoco quiero dañarlas, pero es necesario hacerlo. Tengo que detener sus intenciones de una vez. Ya lo hice en otras dos ocasiones con unos ladrones que quisieron asaltar nuestra casa y logré darles el susto de sus vidas. Ahora haré lo mismo.
Desenredo una de mis patas traseras de entre las raíces de la higuera y la saco por fuera de la tierra, luego la otra. Desentierro más de medio cuerpo antes de sacudir mi cola o lo que queda de ella. Aviento una buena cantidad de polvareda hacia todos lados. Al salir completamente, compruebo que estoy puro esqueleto. Emito un ligero gruñido y noto que aún puedo ladrar. Esto no me lo esperaba. Lo hago con todas mis fuerzas. Luego aúllo como nunca lo hice en vida. Un escalofrío me recorre desde la cabeza hasta la punta del rabo. Hasta yo me doy miedo. Ellas están absolutamente horrorizadas. Continúo aullando, no sé por qué. Tendría que parar, pero ellas no se mueven, no corren. Creo que las maté del susto. Pero tampoco se caen como deberían, están tiesas. Les muestro mis caninos y gruño amenazante. Siento que se me desprenden los dientes que me quedan y se empiezan a caer uno por uno. Imagino que lo que ven es una auténtica escena de terror. Me dan un poco de pena, pero debo asegurarme de que no vuelvan a pisar esta casa. Las veo correr como pueden. Se arrastran, se levantan, se vuelven a caer, gritan, lloran. Sigo aullando enardecido. Es probable que me esté excediendo un poco con el dramatismo. Pero yo prometí cuidar de Perla y de Lorenzo. Y los perros cumplimos nuestra palabra siempre, vivos o muertos.
La escritora señaló que esta obra fue finalista en el concurso “Bajo la sombra del perro”, de México.