Vibrante Silencio, de Carla Molinas
Pasadas las seis de la tarde cerré la puerta de mi oficina, me despedí de todos y salí a la calle. El clima estaba ideal y, para aprovecharlo, decidí volver a casa caminando. Miré a ambos lados de la vereda y giré hacia la derecha. Bajé entonces por la calle Ayolas en lugar de bajar por Montevideo, como lo hacía siempre que volvía en auto. Al alcanzar Palma me detuve en la esquina antes de cruzar y, en ese momento, lo vi a través de un gran ventanal. Me impactó de entrada. Aminoré mis pasos de golpe y creo que hasta me detuve un instante. Pero luego seguí mi camino. A medida que avanzaba me arrepentía a cada paso un poco más. Me debí quedar o al menos dar la vuelta y regresar. Pero no fui capaz de desandar las quince cuadras que transité pensando en él. Fui cobarde. Me dio no sé qué tontería, algo así como pereza o quizá miedo, en fin, pocas ganas de complicarme la vida. Tenía tanto trabajo acumulado y no podría ocuparme de eso ahora. Aun así, su imagen quedó gravitando en mi mente. Es verdad que iba apurada, aunque no más que otros días. Hubiese entrado al local y me hubiese acercado sin tantos miramientos. Pero no lo hice y el resultado fue que pensé en él durante todo el camino de regreso a casa. Me pareció muy atractivo. Del tipo que a mí me gusta. Enigmático, con buen cuerpo, con mucha historia. Al principio lo vi de espaldas, tenía escrito un mensaje que no logré entender. Me llamó la atención su contextura importante, eso me hablaba de tantas cosas y prometía horas y horas de placer. Claro que antes de opinar debería conocer su contenido. A veces la ansiedad entorpece mi claridad mental. Al pasar a su lado me di vuelta y lo vi de frente. Era lo que estaba buscando, sin lugar a duda. Magnífico. Imponente. No creo en las casualidades, estoy convencida de que ese día nos teníamos que encontrar. Los hados del destino habían preparado un escenario ideal. Una tarde fresca, con el sol dorado bañando el viejo centro, la brisa suave recalando desde la bahía asuncena y yo, a pie, como desde hacía meses que no volvía a casa. Pero, irresoluta, como de costumbre, seguí de largo.
A la noche, ya en mi cama y apenas unos instantes antes de dormirme me prometí que volvería a pasar por el mismo lugar. Aunque solo fuese para constatar su ausencia y así, de una vez, resignarme por lenta. Pero, si en una de esas, tuviera la suerte de encontrarlo nuevamente, esta vez no lo iba a dejar escapar. Me iba a hacer de tiempo para dedicárselo a él y, por supuesto, a mí también. Después de todo me lo debo. Postergarme es lo que mejor hago últimamente.
Al día siguiente, en el mismo horario y por las mismas veredas, fui hasta su encuentro. Mientras me acercaba lo distinguí de lejos. Sentí alivio al verlo, pero mis manos sudaban y estaba agitada. Lo encontré en el mismo sitio de ayer, quizá unos centímetros más a la derecha. Sentí una vibración en mi espalda, un conocido escalofrío ante la llegada de un buen momento. Imaginé que él se sentiría igual, estas cosas por lo general suceden de a dos. Me pareció muy extraño que nadie hubiese notado su presencia. Él era visiblemente más importante que los otros. Sin embargo, seguía allí, como uno más. Es una suerte que yo entienda de estas cosas porque debido a eso volví decidida. Que me suceda una vez, vaya y pase, pero dos veces no iba a perder la oportunidad. No me importa cuántas manos hayan pasado sobre él y en cuántas otras vidas hayan influenciado. Así tiene más valor para mí, más historias que contarme. Ya estaba decidida, sería mío y de nadie más. Nunca aspiré a ser la primera en nada y mucho menos ahora que los años se me amontonaron. Yo lo quiero así: experimentado, con mucho camino recorrido, lleno de aventuras, con desaciertos y también con horas muertas. Un alma como la mía: a veces atormentada, a veces entretenida.
Me acerqué cautelosa, como midiendo el deseo, constriñendo el tiempo, alargando el instante previo al éxtasis y lo acaricié anhelante. Luego, ya con decisión y firmeza, lo tomé en mis manos. Lo miré y toda la sabiduría añeja guardada en su interior me impregnó el alma. Nos esperaban días de gloria, estoy segura. El aroma a papel húmedo se deslizó envolvente entre mis manos y supe que no me había equivocado, éramos el uno para el otro
Cumpliendo un viejo ritual, empecé por leer su título y el nombre de su autor. Leí las solapas y la contraportada. Luego lo abrí con cuidado de no deshojarlo y aspiré profundo su olor arcano. Tenía una dedicatoria y una fecha. Muchas anotaciones al margen, líneas subrayadas y signos de admiración. Un señalador, una foto y varias manchas oscuras, algunas creo que eran de tinta y otras me imaginé que de café. Me aguardaba no solo su historia, sino la de todos los que pasaron por sus páginas. En comparación con él, yo tenía poco que ofrecer. Sin embargo, esta vez pensaba entregarme sin pudores, sin reticencias, libre y entera. Porque, al final cuentas, un libro leído es como yo, con alma, con huellas, con cicatrices, con sitios recónditos. Usado y a veces olvidado. Una vez, hace muchísimos años, alguien me dijo que mis ojos eran como un libro: hablaban en silencio. El vibrante silencio de un buen libro es para mí el mejor lugar del mundo.
Lo compré y después me presenté. Mencioné, debido a los nervios, que, si bien yo me consideraba una lectora voluntariosa, su enorme volumen me intimidaba, aunque me atraía mucho la perspectiva de leerlo. Siempre me gustaron los libros grandes, llenos de palabras, de narraciones, de personajes, de descripciones. Sin tiempo que perder, me desplacé hacia un saloncito de lectura dispuesto allí mismo, a un costado, cercano al gran ventanal que daba hacia la calle, y me instalé en un sillón bergère de raído terciopelo mostaza. En medio de centenares de otros libros usados y un aquietado silencio deambulando entre los anaqueles empolvados, lo empecé a leer.