Rocío Egusquiza
Mujer, madre, escritora y soñadora de alma inquieta; es poeta, abogada, escribana, docente, artesana y personal trainer.
Es una mujer orquesta, una sinfonía de roles que convergen en un solo cuerpo: madre que arrulla, abogada que defiende, escribana que da fe, y personal trainer que esculpe la fortaleza física. Pero por encima de todo, es una alquimista de la palabra. Desde su niñez, cuando la voz era apenas un susurro, ya declamaba verdades y ganaba batallas de tinta y papel, anunciando que su destino estaba sellado por la literatura.
Su pluma no conoce fronteras; es un ave migratoria que ha anidado en más de setenta antologías, cruzando los cielos desde su Paraguay natal hasta Argentina, Estados Unidos, Uruguay, Chile, México, Colombia, España y más allá. Es hija de la tierra roja y voz activa en la tribu de las letras; miembro de Escritoras Paraguayas Asociadas (EPA), de la Asociación de Escritoras y Artistas del Noveno Dpto. de Paraguarí (ADEAP), de Plumas Libres Paraguay y de Pluma Guaraní, llevando siempre el estandarte de la cultura guaraní. Forma parte, además, de varias nucleaciones literarias internacionales.
Su obra es un viaje cronológico por las estaciones del alma. En marzo de 2024, finalizó la costura emocional con "Hilvanando sueños", uniendo retazos de amor y desamor. Poco después, en junio, abrió de par en par las "Ventanas del alma", dejando que sus cuentos y relatos respiraran la luz del día. Y cuando la madurez de su escritura lo pidió, se atrevió a lo íntimo, a lo prohibido, publicando en junio de 2025 "Bajo las sábanas", donde los poemas censurados encontraron su libertad.
El reconocimiento llegó una vez más, a fines de 2025. Diciembre trajo consigo el eco de los aplausos: una Mención Especial en Misiones, Argentina, por "El último pedido del repartidor", un cuento de Navidad que trasciende la festividad; y un tercer lugar internacional en Lebu, Chile, donde su microcuento "Ko choyün" demostró que la inmensidad cabe en pocas palabras.
Pero su magisterio no se detiene en la pizarra ni en el papel impreso. Ella desciende al encuentro vivo, compartiendo su fuego en tertulias con estudiantes, sembrando en ellos la inquietud de la belleza. Con la mirada sensible y el corazón abierto, ha asumido también el rol de guardiana de las nuevas voces, ejerciendo como jurado en certámenes infanto-juveniles; allí no juzga, sino que descubre, con paciencia de orfebre, el brillo de los futuros poetas entre las líneas tímidas de la infancia.
Pero más allá de los lauros, ella habita en los detalles. Es una mujer que bebe la vida en sorbos de mate y café, que se embriaga con el aroma de los libros viejos y la nostalgia giratoria de un disco de vinilo. Encuentra música en el bullicio de las aulas donde enseña y paz en la mirada de un animal. Amante de la luna y arqueóloga de objetos antiguos que huelen a familia, cree fervientemente que el teatro es espejo y la historia, raíz.
Su credo es sencillo pero poderoso: cree en las personas y en la fuerza invencible del Amor como único motor capaz de transformar el mundo.
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