“Fronteras hilvanadas”, reseña de Elida Favole
He vuelto a embarcarme en el deleite de leer el poemario “Fronteras hilvanadas” de la escritora Maricruz Méndez Vall, que nos conduce a los límites del sentimiento a través de la significación y los sentidos. No voy a hondar en lo técnico - nuestra autora no lo necesita - ni voy a referirme a los recursos y metáforas construidas con tanta sutileza, como describe muy bien Irina Ráfols: “con la armonía lingüística de las palabras”.
La poesía nos concede tanta libertad, y en ocasiones una en particular: la reinterpretación que le impregna cada lector. Al deshacer cada verso, se hace ineludible la tarea de desgranar un poco de nuestra historia personal. A la vez, en esa reinterpretación que cada uno puede hacer, resaltan enunciados que desgarran en un sentir colectivo e histórico: “aún sigo en lo imposible, esquivando odios, golpes, fundamentalismos, guerras de toda laya…”
En ese movimiento permanente de esquivar empellones y atropellos, nos restaura una aviesa actitud sustantiva: la ilusión, “ese despertar soñando”. Y puntualizo aviesa porque esta condición, incluso en el devenir de injusticias, tempestades, o hasta con el corazón roto, nos mueve y nos empuja a la inconformidad, a ser “buscadores” continuos… (continuos e ingenuos).
La obra “Las casas que me habitaron” hizo una parada en mi fuero interno, hurgó en la memoria y trazó en el aire imaginario un número: 72 (las razones las explicaré en otro momento). Esta observación me retrotrajo a las raíces de mis propias “fronteras hilvanadas”, me llevó de la mano a la verdad que subyace y que Maricruz la desnudó a través de sus rimas, somos “almas itinerantes”, y cada lugar nos despoja un poco de nuestra esencia. La escritura nos accede volver a recorrer esos espacios con la sensación de que el tiempo se escurre de la memoria en la “fragilidad de los recuerdos”.
Cada línea nos abstrae hacia esas vivencias cotidianas, que van dibujando extrañas maneras de sanar heridas (extrañas para los demás). Quienes escribimos poesía podemos comprenderlo muy bien, y esa misma razón nos une, nos permite identificarnos como un signo de resistencia.
También fue inevitable que, al repasar ciertas páginas, se escurrieran en rebeldía algunas lágrimas porque la sensibilidad es una trampa engañosa, despierta conciencias y a la vez impide evadir tanta realidad: “la tierra no es tierra, es infierno”, donde “el hombre es lobo de los hombres”, en la visión filosófica y existencial de Hobbes.
Mas la mirada humana - cualidad que no siempre se encuentra presente en los textos literarios - es en estos escritos el hilo que surca, y en sus hebras va apuntalando aquellos vocablos oportunamente escogidos por la autora como sueños, esperanza, amor, frases que nos devuelven el sabor dulce de la vida ante los pesares y los “pensamientos amenazantes”.
Café es otra representación que recojo para mi bitácora. Más que una bebida que me despierta, me abriga en momentos compartidos con la familia, con amigos; un brebaje mágico que nos induce a soltar desde ese habitáculo común a todos que es el dolor.
El dolor, no solo es un hilo conductor, navega por cada hoja como una expresión remachada. En ocasiones su profundidad nos obnubila, nos paraliza, pero como partículas divinas del universo surgen “las pequeñas cosas que nos salvan”.
Quiero agradecer a Maricruz por estos versos que ha compartido, y recomendar este libro, ya sea para su disfrute momentáneo o para su análisis. En el lapso donde el vacío amargo y tirano nos lleva al autoexilio, cuando confrontar las realidades arbitrarias y los excesos es una carga que pesa tanto, alcanzar las fronteras hilvanadas emerge como una tabla de salvación.
Sus poemas fueron como una playa de “gaviotas en vuelo”, que restituyó el alivio y la paz. Fueron “puente” y “arca”, “reforzando esa certeza de los creyentes”, que aún desde nuestros pasajes desdibujados, con la herida a flor de piel, con zurcidos invisibles, puntadas o grietas, nos vuelven a poner de pie.
Elida Favole