La oscuridad del olvido, cuento de Carla Molinas

LA OSCURIDAD DEL OLVIDO


de Carla Molinas


Llegamos juntas en una noche de celebraciones. Nuestro nuevo hogar, con paredes espejadas y sillones de terciopelo azul, nos recibió con una lenta melodía que fusionaba sus acordes con los haces de la luna reflejados en los cristales. Casi en sigilo, bajo una bruma de quietud, el adagio de belleza estremecedora cesó, todo quedó en silencio, en suspenso, y de pronto, volvieron los acordes como el viento más furioso, queriendo despojar a la luna de su luz. Y allí la vimos: bajo un cóncavo cielo de estrellas, sobre un pedestal de marfil, una bailarina danzaba sin poder detenerse. Daba vueltas y más vueltas con una pericia que rayaba la perfección. ¡No podíamos imaginar un recibimiento más sublime! Quedamos maravilladas y pedíamos más y más. Pero la pequeña bailarina estaba agotada y al ritmo de los acordes finales de la sonata «Claro de luna», se detuvo, habiendo entregado todo de sí. 

De esta forma comenzó el tiempo más feliz de nuestra existencia y, en ese entonces, jamás hubiésemos imaginado que todo aquello no duraría más que un puñado de años. Fuimos elegidas, protegidas, valoradas y, a cambio, nos entregamos por completo. Conformamos un equipo deslumbrante y se lucieron con nosotras. Fuimos célebres e inolvidables o eso creíamos. 

Los días transcurrían ligeros e idénticos. Acudíamos a las mejores fiestas, compartíamos con lo más selecto de la sociedad y siempre éramos las más atractivas de cualquier lugar. Las deseadas por excelencia. Luminosas y mágicas, misteriosamente perfectas. No nos diferenciaban unas de otras. No conocían nuestros orígenes ni el camino que hicimos para llegar hasta allí. De igual forma, nuestra cotización iba en alza y éramos motivo de disputas en los círculos adinerados donde nos movíamos. 

Cada tarde, al caer el sol, la ansiedad nos consumía a todas por igual. A pesar de nuestra frágil condición y de la necesidad de depender de otros, nuestra determinación era insuperable. Estábamos dispuestas a dar lo mejor de nosotras. A veces, me cuestiono haber sido tan vehementes. Pero ¿es que acaso teníamos otra opción? 

Siempre íbamos impecables y ordenadas, una al lado de la otra, bajábamos las escaleras anhelantes y subíamos al coche estirado por cuatro alazanes. Durante el traqueteo, contábamos los minutos hasta llegar al destino donde nos esperaban halagos, miradas furtivas, y bailes y más bailes. Esa intensidad de emociones fue nuestra razón de ser. Resplandecíamos satisfechas. Éramos lo que éramos y demostrarlo fue nuestro oficio.

Estábamos hechas para seducir, pero cuando las seducidas éramos nosotras, había magia en el aire. Aún añoro las tardes calurosas con el canto hechicero de las cigarras y la brisa de las laderas del sur que nos acariciaba suavemente. Las fiestas de verano agitaban las pasiones y provocaban al más desprevenido. Un choque de copas y un cruce de miradas. Un beso detenido en el dorso de una mano, vaivenes de pestañas, ademanes galantes; eran las señales inequívocas de que el baile estaba por comenzar.

Bajo un cielo manchado de verdinegro, y las luces de las farolas del caminero central íbamos nosotras, una al lado de la otra. Avanzábamos al ritmo de violines y de suspiros. Tacones repiqueteando, abanicos batientes, latidos alborotados; sentíamos en las entrañas el ritmo vibrante de la música. Decenas de pares de ojos se posaban en nosotras. Nos movíamos a lo largo del salón, simétricas, acompasadas, dejábamos a más de uno con la boca abierta. Nuestras pieles tersas y nacaradas eran elogiadas por todos. Dábamos un espectáculo impresionante. En aquel tiempo, no hubiese sido capaz de imaginar mi vida sin ellas. ¿Cómo reaccionarían si nos hubieran visto separadas? De una en una, no servíamos. Nos querían juntas, siempre. 

Recuerdo todos los días las largas conversaciones que manteníamos y cómo revivíamos, una y otra vez, la memoria del mar que compartíamos entre todas. Si nos hubiesen podido ver en nuestros sillones de terciopelo azul, donde reíamos hasta el amanecer; si nos hubiesen podido proteger, al menos, un poco más nuestro destino hubiese sido otro, y tal vez seguiríamos unidas. Nos eligieron al azar, es verdad, pero nosotras honramos nuestro destino juntas siendo felices hasta el último día.

 La fatalidad nos alcanzó en una madrugada de invierno, la recuerdo como si no hubiesen pasado casi dos siglos. Volvíamos a casa empapadas de alcohol y de vómitos. Caía una helada llovizna, el cielo estaba entelado de color acero. Nuestro coche se detuvo, pero aún repiqueteaban sobre el suelo mojado decenas de herraduras. Nos bajaron frente a la puerta, y en un revuelo de empujones y de urgencias, nos metieron dentro. Nunca supe cómo llegamos hasta la habitación, solo recuerdo que nos vimos reflejadas en el espejo del tocador y, a pesar de todo, aún brillábamos. En medio de una escena de horror y descontrol, empezaron a rodar zapatos, bastones, guantes. Volaron por los aires sombreros, plumas y encajes. Se escucharon gritos ahogados, voces extrañas, susurros. Cayeron al suelo vestidos, enaguas, medias y ligas. Los gritos ahogados se transformaron en risas, en estridentes risas. Sentimos el calor de alientos ebrios enredarse en suspiros y jadeos. Se soltaron trenzas y se destruyeron afeites. Y nos llegó el turno a nosotras, unas manos apuradas, torpes, desconocidas, tironearon del broche con violencia, y el hilo que nos mantenía engarzadas se soltó para siempre. Caímos como copos de nieve en la oscuridad del olvido. Nunca más las volví a ver. De todas nosotras, soy yo la única perla que sigo aquí, sobre el raído terciopelo azul del alhajero musical, donde aún permanecen los recuerdos del magnífico collar que supimos ser.


LUCES DE BENGALA


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Planeta, de Delfina Acosta